
Kathi Macias
Author/Speaker
Toda buena dádiva y don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.
(Santiago 1:17 RV).
El mes de Febrero es uno de aquellos “meses de cumpleaños principales” en nuestra familia, y he estado pensando/orando por varias semanas sobre el regalo perfecto para mi marido, Al, y nuestro segundo hijo, Michael. Por supuesto, ya que ambos son fanáticos de golf, tengo algunas ideas apropiadas que danzan en mi mente. ¿Pero serán estos los regalos perfectos? Me temo que no, ya que el regalo perfecto viene sólo del Padre.
Como los amamos, pasamos el tiempo buscando regalos agradables para amigos y miembros de familia, pero la Biblia nos dice que CADA regalo perfecto viene de Dios. Como no soy perfecta, no tengo ningún problema en creer que mis regalos no son perfectos. Sin embargo, tengo que admitir que yo a menudo los consideraba “buenos”. Y aún las Escrituras también nos dicen que cada regalo bueno también viene del Padre. ¡Hasta ahora me estoy afrontado con el hecho que mis regalos no sólo son imperfectos, sino que también no son buenos!
¿De todos modos, no dijo el mismo Jesús, “Ninguno hay bueno sino Uno: Dios.” (Matthew 19:17)? ¿Esto es una declaración difícil para asimilar, verdad? ¿No nos gusta a todos nosotros pensar que toda la gente básicamente es buena? Y si nuestro instrumento para medir lo “bueno” es compararnos contra Adolfo Hitler o Charles Manson, entonces supongo que salimos ganando. Pero Dios no usa a otros seres humanos como Su estándar para medir lo bueno o lo malo. Su único estándar para medir lo bueno es Jesús – esto quiere decir que para considerarnos buenos también debemos de ser perfectos, como Jesús. ¿Cabe alguno en esta categoría? Pienso que no.
Conozco a mucha gente agradable, y espero que los ellos me consideren a mí como tal. Pero agradable y bueno no son la misma cosa. Aparte de Jesús que vive Su vida en y por mí, no hay nada bueno en mí en lo absoluto, y con seguridad no me califico como un ser perfecto. Pero aún así bueno y perfecto — y libre de pecado — es lo que es requerido de nosotros hasta el día que entremos en la presencia de Dios. Sobra razonar, por lo tanto, que cuando tomamos nuestro último aliento y pasamos de este mundo roto y lleno de pecado a la presencia del Padre, deberíamos hacerlo con la bondad y la perfección del Hijo como nuestra tarjeta de presentación.
Dios el Padre nos ha enviado ese regalo bueno y perfecto que es Jesús para permitirnos compartir la eternidad con Él. Esto es un Regalo que no nos atrevemos a rechazar, ya que es el único que califica. ¡Podemos no sólo asegurarnos que hemos recibido personalmente ese Regalo, pero podemos también dedicárnoslo de nuevo al ofrecer ese mismo Regalo a tantos otros como se nos sea posible!